Avelino Arredondo no podía ser zurdo

El vicepresidente no debe renunciar,
al fin y al cabo; la culpa la tengo yo.

Dos notas que aparecieron unidas el 25 de agosto del 2017 en la televisión nacional me hacen escribir estas líneas.
En primer término, una pequeña mención acerca del único magnicidio en nuestro país ejecutado por Avelino Arredondo para terminar con la vida de Juan Idiarte Borda en 1897 y la historia del error en un tramo del discurso realizado en un comité de base por actual vicepresidente de la República.


El magnicidio

Ya cerca de terminar secundaria, mi profesor de historia Venancio Caballero (un coronel del Ejército nacional que a propósito; lo habían pasado a retiro por no estar de acuerdo con el golpe de estado del ´73) en el curso de historia nacional, tenía la costumbre de pedirnos una monografía sobre un presidente, como tarea central para pasar el curso.

En el sorteo me tocó, Juan Idiarte Borda.

Mi profesor me aclaró entonces que no quería un trabajo de recopilación de datos, sino de investigación y para explicarme la diferencia me dio una pista:

“Avelino Arredondo se escondió para esperar a que pasara Idiarte Borda, en la entrada del edificio que está al lado del Club Uruguay en la Plaza Matriz, hacia el lado de Juan Carlos Gómez; si Ud. va y se para en el rellano mismo de la puerta, se da cuenta que desde ahí puede ver la salida de la Iglesia Matriz, pero al dar un paso atrás, a Ud. no lo ven. En toda la historia hay un indicador de complot, en donde la muerte de Idiarte Borda se dice que fue entregada; vaya y averigue”.

Así que me paré hace unos cuantos años atrás imaginando cómo habrá hecho Arredondo para ser tan efectivo.

Me calculé entonces que debía de ser diestro; ya que el revólver lefaucheux que llevaba, tenía que estar oculto, pero venía el edecán del lado de la derecha del presidente mientras que del otro lado caminaba el arzobispo de Montevideo.
Era fácil darse cuenta, pese al cambio de la arquitectura del lugar, que con tres pasos quedaba sesgado para dispararle el tiro a corta distancia que terminó con su vida.

Volví yo unas semanas después con mi monografía terminada, pero sobre todo con una percepción clara de la diferencia entre estudiar historia e investigarla. Es decir; me quedó grabado a fuego que hay que involucrarse para que el asunto brinde resultados.

Unos años más tarde, ya en la facultad, cerca de terminar la carrera; en el examen de historia de las relaciones internacionales, tuve como docente y examinador a Washington Reyes Abadie; uno de los maestros de la historia nacional.

En el examen, su costumbre era pasar por otros lugares que no tenían nada que ver con el programa; así que en lugar de las causas de la guerra de Vietnam, comenzamos a hablar de historia nacional y en un momento determinado (mientras iba subiendo el volumen de la conversación como era habitual con él, ya que nunca tenía una visión neutra); llegamos a hablar de Avelino Arredondo y para subir el tono de la discusión hasta niveles de estar yo parado y hablando fuerte, le tiré:

“Profesor; podremos discutir horas si el asesinato de Idiarte Borda fue entregado o no; lo que no me puede discutir es que Arredondo, no era zurdo”

a lo que el maestro me contestó:

“¿Y Ud. cómo lo dice así tan seguro, eh?”

“Porque investigué el asunto personalmente”


y luego le conté en pocas palabras mi excursión a la Plaza Matriz y mi coreografía replicando los movimientos del asesino en cuestión, teniendo inevitablemente el revólver en la mano derecha.

“Mire Artagaveytia, váyase que aprobó; pero me quedan dudas sobre su versión, porque hay crónicas que cuentan que el edecán que iba a la derecha se detuvo unos cuantos pasos antes, así que no esté tan seguro de lo que simuló”.

El discurso

Por estos días, el vicepresidente de la República está en plena tormenta política y se discute en muchos lados si debe de seguir o no, que si la izquierda, que si la derecha (tal vez focas o rosados, como prefiera) y una larga lista de etcéteras.
Yo me puse a pensar cuando lo escuchaba hablar en el comité; más allá del error en la fecha de la declaratoria; porque en un momento dijo:
“Yo me puse a estudiar el proceso de la independencia …” y entonces me saltó que al final,

la culpa de lo que le está pasando la tengo yo.

Raúl Sendic llegó.
Llegó por el sistema democrático republicano al cargo que ocupa.
Es el primer ciudadano en nuestro Parlamento en donde se produce algo tan preciado y delicado como el cuerpo de las normas jurídicas que nos regulan y se me excusará que tenga mis reparos, respecto de la formación no ya de él; sino de todo el cuerpo parlamentario.

Y llegó, aunque yo no lo voté.

Llegó porque yo me olvidé de involucrarme y me dediqué a mí.

No puedo criticarlo porque en realidad no hice nada productivo actuando con responsabilidad política para mi sociedad.
Tuve algún esbozo que quedó relegado en intentos hace varios años sin continuarlo.
Hoy veo nuestra cultura desde la conducta en el tránsito, hasta en ver si puedo correr un poquito para llegar antes a la cola del cajero automático, aunque la señora entrada en años venga atrás y sabe que va a llegar después.

Así que el muchacho que está ahí tiene derecho a estar.

Me resulta algo cómico que su situación dependa parcialmente de un comité de ética, cuando la ética (teóricamente) pasa primero por uno, pero bueno.

Él representa lo que soy (lo que me he convertido).

No hice nada más que criticar; es decir, perdí el espíritu de involucrarme; así que yo, en lugar de él, tampoco renunciaría.
No le puedo pedir que tenga remilgos de lo que pensaría su padre o Zabalza o Lacalle Pou o Valenti o inclusive la señora Vigil.

No se lo puedo pedir, porque justamente mi culpa;
es no haber hecho nada.

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